6.Dic | 2º de Adviento

Juan Bautista, un personaje singular. El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Juan Bautista es un personaje singular, fiel siempre a su vocación y a su misión con humildad. Ni siquiera "se sentía digno de soltar las correas de las sandalias de aquel" a quien anunciaba. Pero aún atrae más su sentido espiritual, el mensaje ascético de Juan. Es un mensaje que se hacía durísimo con los poderosos: "No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano"; cortante con los fariseos: "Son una raza de víboras"; fuerte con los soldados: "No hagáis extorsión a nadie y conténtense con la paga"; suplicante con los publicanos: "No pidáis más de lo tasado". Y todo esto, consciente de que estaba "preparando los caminos del Señor", "enderezando las sendas", Nos hace falta Juan en nuestros días. En estas ciudades rebosantes de multitudes, de muchedumbres informes y masificadas, en estas ciudades que, bajo otros aspectos, son verdaderos desiertos, está haciendo falta que aparezca Juan con su mensaje: "Yo soy la voz del que clama en el desierto".

Necesidad de conversión. Juan iba al grano y sin rodeos en su papel de precursor: Hay que cambiar, hay que convertirse. Porque “el hacha está tocando ya la raíz, y todo árbol sin frutos será talado y echado al fuego". Él nos invita también a ti y a mí, diciéndonos con potente y penetrante voz: ¡Endereza tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!". Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de la paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes!

Nuestra tarea es preparar los caminos del Señor: "que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale". ¿Cuál nuestra colina? Quizá sea nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. Pero podemos también vivir sin valorarnos, con una falsa humildad y abatimiento. Por eso se nos dice que nos levantemos y reconozcamos los dones que Dios nos ha dado para ponerlos a disposición de los hermanos. A veces nos empeñamos en caminar por caminos tortuosos o escabrosos. Dios quiere que eliminemos los baches y las curvas que nos desvían de la senda verdadera. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien que conduce a la Vida. Prepara los caminos al Señor quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en "rellenar los valles y abismos", quien con sistemático trabajo lucha para se acaben las desigualdades y triunfe de una vez para siempre la justicia.

José María Martín, OSA - www.betania.es



Que la alegría sea
el manto de hojas que hace suave el camino.
Es el Dios-que-viene:
hacedle sitio.
Que no miremos desde el monte,
que bajemos, que allanemos,
que abramos y cambiemos el destino.
Dios-que-viene necesita un hueco:
házselo en tu mesa, en tu risa,
entre los que habláis y oráis juntos.

Las hojas siguen cayendo, viene el frío,
y el calor de la vida
prepara el sendero a Dios- que-viene.
No vendrá, ni vino:
viene siempre.

Sed voz que grita en el desierto:
¡preparad el camino!

Juan R. Gil

29.Nov | 1º de Adviento

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.
Poned atención: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»


Oímos y vemos en los telediarios como a mucha gente se le cambia la vida en las carreteras cada semana. Muchos de los accidentes se producen en tramos de autovía o de carreteras convencionales sin ninguna dificultad especial a la hora de conducir. Las causas: una llamada al móvil, un pensar “llego tarde”, un ir más deprisa de lo aconsejado, unas copas de más…

¿A caso no nos pasará esto en nuestra vida? ¿No ha habido alguna vez en la que algún acontecimiento especial como que nos ha descolocado, nos ha pillado desprevenidos? ¿Algún palo que la vida nos da, sin saber por qué?

Quizás estemos viviendo la vida a 120, con tres carriles. Y no sólo eso, también el entorno nos invita a cometer alguna que otra distracción. Creo que no necesitamos ejemplos.
El ser cada vez más prácticos, el querer perder cada vez menos tiempo, el querer hacer las cosas mejor, nos lleva a ir “conducidos”, llevados; a ser más inconscientes de nuestra responsabilidad.

Frente a esto: “Poned atención, tened cuidado, alzad la cabeza, estad siempre despiertos”. La lógica de Dios me invita a parar, a hacer un STOP, o un descanso, a abrir los sentidos que tengo dormidos, a apagar la radio o los canales que me embotan la mente.

La iglesia, nos regala ésta lectura en éste tiempo especial, el Tiempo de Adviento. Y no esto no es porque sí, o porque toca ahora, sino porque el STOP se convierte en un Ceda el paso.
¿A quién? Pues nada más y nada menos que a Dios, que nos avisa que pronto se nos regalará en forma de niño indefenso, como queriendo decir: “fijaos en lo que va a suceder, es tan especial y tan importante, que quiero sensibilizaros; quiero haceros ver que es muy importante”.

Con qué señal te identificas más ¿con la de peligros? ¿con la de prohibido ir a más de 120? ¿con el STOP? o ¿con el Ceda el paso?

No te olvides de las señales al entrar en la próxima intersección.

Raúl Alonso González - www.santateresadejesus.tk


Vendrá
y será el adviento
una casa que preparar.
Mirad por la ventana:
el calor del hogar,
la cuna que espera.
Un corazón abierto,
una mirada limpia,
un abrazo a los demás.
Vendrá, siempre viniendo
en el hermano.
No esperes por esperar,
espera haciendo
que tenemos que velar.
La lumbre ardiendo.
La cama hecha.
Vendrá,
y será el adviento
una sonrisa,
la esperanza.
Él vendrá.

22.Nov | Jesucristo, Rey del Universo

Cuenta una leyenda que, un rey, queriendo comprobar la fidelidad de sus súbditos arrojó al aire unas monedas de oro. Todos sus siervos, excepto uno, se detuvieron para recoger aquellas fortunas que, en un abrir y cerrar de ojos, les convertía automáticamente en ricos. Pero el rey, volviendo su mirada hacia atrás, observó que un vasallo permaneció en pie y sin rendirse para hacerse con tal riqueza. Le preguntó el monarca “¿cómo es que tú no recoges las monedas? ¡Hoy podrías ser rico! A lo que, el vasallo contestó, “yo sigo a mi rey, mi señor”.

La fiesta de Cristo Rey es el punto culminante del Año Litúrgico. ¿Hemos seguido al Señor con todas las consecuencias? ¿No nos habremos detenido, por el camino, distraídos en otras cosas y sin dar importancia a nuestra vida cristiana?

El reino de Cristo, gracias a Dios, no es de este mundo. En el reino de Cristo no cabe la mentira, la corrupción, la mediocridad o el odio. Por ello mismo, porque su reino no es de este mundo, siempre será causa de contradicción. Y, por ello mismo, la prueba –de cuando en vez- nos sacudirá a aquellos que intentamos seguirle (a veces desde lejos) y ser altavoces de su presencia y de su peculiar realeza en un mundo en el que se pregona tanto la injusticia y en el que, cada día que pasa, nos asaltan más signos de violencia, hambre, angustia o desesperanza.

¡Nosotros, Señor, te seguimos a Ti! Necesitamos de tu inteligencia para iluminar nuestras conciencias. De tu verdad, para que nuestras palabras, no sean la cara opuesta de nuestras obras.

Le seguimos porque queremos que reine en nuestra voluntad. Una voluntad, la de todos nosotros, con un firme propósito: hacer de nuestro mundo, un pequeño campo en el que Dios reine por el testimonio y la palabra de sus hijos.

Aquel que pagó alto precio por nuestra redención, sigue necesitando soldados que –con las armas de la fe, la esperanza o la caridad- infundan en todos los ambientes la alegría de ser cristianos. ¡Somos de los suyos!

Aquel que, por ser Rey, fue burlado y humillado nos exige un poco de coherencia y de fortaleza. Es fácil apartarse del camino real que el Rey de Reyes ofrece (son tantas las seducciones y las monedas con las que otros reyes de segunda nos engañan). Pero, en nuestra constancia y reflexión, hemos de encontrar la respuesta y la perseverancia: merece la pena ser de Cristo, caminar con Cristo y dejarse gobernar por su peculiar gobierno: el amor.

En un mundo, con tantos gobiernos y con tanto desgobierno a la vez, la festividad de Cristo Rey nos invita –con gozo y esperanza- a volvernos hacia el Salvador. En una realidad, donde como setas aparecen grupos pacifistas (que defienden unas causas sí y otras no) la festividad de Cristo Rey nos anima a ser hombres y mujeres de paz en todo y por todos. En una sociedad, materialista y caprichosa (en la que unos tanto tienen y otros nada que llevarse a la boca) la solemnidad de Cristo Rey nos empuja a mirar a ese gran hermano mayor que repartió amor y más amor para que entendiésemos que su Reino es una casa a la que se llega por los caminos del amor.

Javier Leoz - www.betania.es


Sin coronas
ni premios, ni joyas,
lejos de los que te alagan.
Mi rey es la vida encarnada.
Sin mantos, sin alfombras,
pisando el suelo, nacido entre pajas.
Te viniste entre los hombres
para probar el invierno.
Que venga tu Reino
en nosotros, en nuestras manos,
que se haga realidad
en el trabajo, en el abrazo
en la mirada.
Que no construyamos palacios
que mi rey es rey en casa,
en el pobre, en el niño y el anciano.
Jesús es rey:
un corazón que ama.

JRG.

15.Nov | 33º del T. Ordinario

Poco a poco iban muriendo los discípulos que habían conocido a Jesús. Los que quedaban, creían en él sin haberlo visto. Celebraban su presencia invisible en las eucaristías, pero ¿cuándo verían su rostro lleno de vida? ¿cuándo se cumpliría su deseo de encontrarse con él para siempre?

Seguían recordando con amor y con fe las palabras de Jesús. Eran su alimento en aquellos tiempos difíciles de persecución. Pero, ¿cuándo podrían comprobar la verdad que encerraban? ¿No se irían olvidando poco a poco? Pasaban los años y no llegaba el Día Final tan esperado, ¿qué podían pensar?

El discurso apocalíptico que encontramos en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza. No lo hemos de entender en sentido literal, sino tratando de descubrir la fe contenida en esas imágenes y símbolos que hoy nos resultan tan extraños.

Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin. El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches, no habrá tiempo. Además, «las estrellas caerán del cielo», la distancia entre el cielo y la tierra se borrará, ya no habrá espacio. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, sin espacio ni tiempo. Viviremos en el Misterio de Dios.

Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre». El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.

Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios. Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista evita hablar aquí de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», los que esperan con fe su salvación.

Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán». No perderán su fuerza salvadora. Han de de seguir alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios.

José Antonio Pagola - EcleSALia.net


Y no pasará.
Aunque la noche gane al día
y los hielos congelen sonrisas.
El mal gane terreno,
tristeza…
El hombre es hombre
y yerra.

No pasará
porque el tiempo está
en Ti, y fuera de Ti, y por Ti.
Pasarás tú y pasaré yo,
el viento peinará los trigos,
volarán las hojas.
La nieve poblará tu pelo,
Tal vez los poetas
dejarán de rimar versos.

Pero tu Palabra,
la que se encarnó,
esa
no pasará…

JRGil.


08.Nov | 32º del T. Ordinario

Qué texto más complejo y más completo.

Jesús en el templo de Jerusalén, como buen judío, pasó unos días predicando, desde que llegó a lomos de la borrica hasta que le llevan detenido.
Se nos presenta una escena en la que Jesús está sentado en el templo, rodeado de sus discípulos. Les habla de los escribas, de los expertos en la ley. Digamos, en un lenguaje cercano, que “los pone a caldo”. Está explicando a sus discípulos qué actitudes deben imitar y cuáles rechazar. Que no se dejen tratar como esos escribas, amigos de las ínfulas y los ropajes, del boato y el lujo. La ambición y la búsqueda de prestigio no están hechas para los que le siguen a él. Los escribas y los maestros de la ley eran expertos en las escrituras, en su aplicación; pero se les había olvidado que la opción de Yahvé era defender a los oprimidos, estar del lado de los más débiles. Esa posición social de los escribas les permitía, además, aprovecharse de los más desfavorecidos. Y en medio de todo esto, en el magnífico templo, entre los escribas, Jesús nos vuelve a pedir cambiar la mirada. Esta vez no da discursos. Esta vez nos abre los ojos.
“Eh, escuchad. Eso es lo que no debéis hacer. Pero siempre os digo que el Reino está entre nosotros. Mirad a donde debéis, imitad a quien debe ser ejemplo. ¿Veis a esa viuda?”
Como en el evangelio de hace dos domingos, Jesús se vuelve a fijar en los que nadie se fija, y aparece la viuda pobre. Y no solo eso, si no que la pone de ejemplo para todos nosotros. Y es que ha echado de lo poco que tiene a la ofrenda. No de lo que le sobra, y menos aún de lo que ha quitado a otros. Da de lo que tiene…
Dos maneras de entenderlo, y es que la viuda pone lo que tiene al servicio de Yahvé. Es su ofrenda la confianza en el Señor.

Y esta es la invitación. Alejarnos de los que solo buscan el prestigio personal, de los “fieles a su imagen”.
Cambiar la mirada, y volvernos a los más pequeños.
Y ofrecer lo que tenemos a Dios. La mujer no se reservó nada para ella. Amó “con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”. Si ponemos nuestra vida, nuestras monedas, a su disposición, con confianza; ¿qué vamos a temer?

Juan R. Gil - www.parroquiadesanpablo.tk

1 de noviembre | Todos los Santos

La fiesta de Todos los Santos nos invita a mirar a todo ese inmenso mosaico de santos que, no sólo la Iglesia, sino a luz de la Palabra de Dios o de su voluntad, intentaron pasar por la vida –incluso sin ser conscientes de ello- haciendo el bien.

Flaco favor haríamos a esta festividad si, tan sólo, nos fijásemos en los santos de primera división. Mejor dicho; qué pena sería que dividiésemos entre santos de primera, de segunda o tercera. En este día no solamente exploramos las almas de los grandes, también nos dejamos sobrecoger y admirar, impactar y embelesar por esas otras vidas de miles de almas modestas que vivieron con ilusión, valor, coraje y optimismo el mensaje de las Bienaventuranzas.

Nosotros, y muchos de los que nos han precedido, no estamos muy lejos de los grandes ideales que llevaron a cabo los santos. Unos, reconocidos, han sido elevados a los altares. Otros, sin reconocer, sin saberlo ellos pero intuyéndolo muchísimos hombres para los que fueron reflejo del amor de Dios, son santos “súbditos “. Su testimonio, su buen quehacer, su constancia en el camino del evangelio dejaron una huella impresa con olor a santidad.

Y es que, la festividad de Todos lo Santos, nos anima a ponernos en línea y no a la cola. Podemos ser santos; en las pequeñas cosas de cada día; con el rocío de las Bienaventuranzas; siendo humildes y, viendo que la Gran Santidad de Dios, bajó del cielo y entró a la tierra por la puerta pequeña de Belén.

¿Seremos incapaces de comprender que podemos ser santos aún en medio y a pesar de nuestra mediocridad? ¿Qué no llegaremos al misticismo de Santa Teresa de Jesús? ¿Qué nuestro recorrido no será tan valiente o intrépido como el de San Francisco Javier? ¿Que, nuestro amor y servicio, se quedará a años luz del testimonio radical de Vicente de Paúl o Teresa de Calcuta? ¿Y?

¡Hay que intentarlo!

No podemos quedarnos en un lamentarnos por no poder llegar a tanto. No podemos pretender conquistar el cielo haciéndonos a la idea que, en vez de por la puerta grande, lo haremos por la puerta de servicio. Cada uno, en lo suyo, puede santificarse. Con sus virtudes y defectos, con su carisma y con sus pecados, con su inteligencia y hasta con su pereza. ¡Hay que pretenderlo! El enemigo de la santidad es el abrazo permanente a la mediocridad. Pero, el paralizante de la santidad, es pensar que los santos son una realidad tan superior a nosotros que es imposible de alcanzar.

Dios, que es Santo, ha diseminado millones de semillas de santidad a lo ancho y largo del mundo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dado de frente con alguna persona que, al marcharse, nos ha llevado a afirmar: “ésta persona era buena” “aquella no tenía nada suyo” “supo guardar silencio” “su lucha fue la justicia” “su ejemplo fue su palabra” “era un/a hombre/mujer de Dios”.

A mí, para dar con un santo, no me hace falta recurrir al santoral o buscar en el año cristiano. Todos los días, en cualquier esquina, en muchos acontecimientos que ocurren a mi alrededor, me doy cuenta que Dios sigue tallando santos de carne y hueso. Hombres y mujeres que le aman, y se nota. Almas que, sin hablar, se dedican en cuerpo y alma a los más pobres. Personas que, sin mucha cultura pero con mirada afable, me dicen que la bondad es un milagro permanente capaz de cambiar la tristeza en alegría, el odio en amor y la incredulidad en fe.

Sí, amigos. No podemos celebrar esta festividad de Todos los Santos ciñéndonos tan sólo a aquellos que consideramos que son de primera. También nosotros, cristianos mediocres o pecadores, podemos dar razón de nuestra esperanza.

La festividad de Todos los Santos nos anima a ser optimistas. A mirar hacia el cielo. A seguir en la carrera sin olvidar que, Jesucristo, es quien nos ofrece 8 puntos, para la santidad, llamados bienaventuranzas.

Javier Leoz - www.betania.es

25.Oct | 30º del T. Ordinario.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: - «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: - «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: - «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: - «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. (Mc 10, 46-52)

Qué duro resulta cuando, nuestras vidas y nuestros sufrimientos, son indiferentes a los demás. A nadie nos gusta ser un cero a la izquierda. Pero, sobre todo, es en los momentos de dolor, en la noche oscura, en las horas amargas cuando más echamos en falta cualquiera que esté a nuestro lado. Un amigo que, escuchando nuestros lamentos o siendo consciente de nuestra situación personal, nos de un poco de luz y abra delante de nosotros un horizonte de felicidad. Con razón, no sé quién, llegó afirmar: “es mejor que te odien a que te castiguen con la indiferencia. Entre otras cosas porque, el odio, está más cerca del amor”.

Bartimeo tuvo esa suerte. Sabía de las andanzas de Jesús. De su gran obra y de su mano milagrosa. Era un marginado. De esos que, a la sociedad de aquel momento, interesaba poco o nada. Entre otras cosas porque, la enfermedad, era un signo de maldición. Y, cuando Jesús pasa, aquel que era ciego grita: “ten compasión de mí”. Al principio, como tantas veces hacemos nosotros con los demás, Jesús hace oídos sordos. Pero, Bartimeo, insiste: “ten compasión de mí”.

Muchos lo intentaron silenciar. Como, muchos medios de comunicación, instituciones de nuestros tiempos, intentan aplacar las voces que hablan de Dios o ridiculizar las súplicas de los que quieren llegarse hasta el Señor. Pero, Bartimeo, logró captar la atención del gran Sanador y Salvador: JESUCRISTO. Supo aprovechar la ocasión y no la dejó pasar de largo. Tenía todo en su contra y saltó de la oscuridad a la luz, de la noche absurda al día lleno de luz. ¿Pudo alcanzar algo más grande Bartimeo? ¡Por supuesto que sí! Lo que ofreció a Jesús de antemano: su fe.

Tenía fe en Aquel que transitaba por ese lugar. Supo brincar sonoramente por encima de inconvenientes y hacerse oír en medio de la muchedumbre. Bartimeo, en el fondo, representa a todo hombre, a todo ser humano que busca a Dios en medio de la marabunta. Representa al desahuciado que se siente desamparado, oprimido o marginado.

¿Quién de los que estamos aquí no hemos tenido alguna experiencia de Dios? ¿Quién de los que estamos en esta Eucaristía no hemos pasado de la mentira a la verdad, de la tristeza a la alegría o del llanto al gozo cuando nos hemos encomendado a Jesús?

Nadie, amigos, puede apagar el fuego que llevamos dentro. El “ten compasión” de Bartimeo, ha de repiquetear con especial fuerza en la realidad que nos toca vivir. Entre otras cosas porque, nuestros ojos, llevan gafas que distorsionan la realidad: nos hacen consentir malo como bueno; el aborto como derecho; la eutanasia como un gran logro o mil experimentos científicos como signo de los nuevos tiempos. No es buena la miopía espiritual. Aquella que nos empuja exclusivamente a lo efímero y nos previene o ciega contra lo eterno. No es positiva esa miopía espiritual que nos hace defender la humanidad de una forma sesgada e interesada, de aquella otra lucha humanitaria que quiere ser para todos justa, íntegra y basada en valores cristianos.

Algunos nos dirán ¡de qué vais vosotros! ¡El Señor os ha abandonado! ¡Estáis ciegos o vivís engañados! Ojala, también nosotros, podamos responder: sólo sé…que antes no veía, y ahora veo; las cosas más claras, mi vida más resuelta, mi fe más profunda y mis ideales más cristianos.

Que este domingo, además, nos haga abrir bien los ojos ante tantos “bartimeos” que nos dicen “tened compasión de nosotros”. Personas que viven inmersas en la duda. Hombre y mujeres desconcertados y apabullados por el ambiente dominante. Cristianos que se han cansado de esperar y han desertado del camino de Jesús. Gargantas que han cambiado el “ten compasión de mí, Señor” por el “aléjate de mí, Seño porque veo por mí mismo”.

Que lejos de vivir de espalda a las situaciones de dolor y de prueba que viven tantos hermanos nuestros, podamos responderles con toda la fuerza de nuestra fe: “¿Qué quieres que haga por ti?”

Javier Leoz - www.betania.es